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¿Qué es el éxito para ti?
Es una pregunta que hace siempre Javier Delgado en el podcast de “Organiza tu Proyecto” en el que entrevista a diferentes personas para ver cómo se organizan.
Cada uno cuenta su experiencia y su forma de medir el éxito.
En general y como resumen de casi todos los entrevistados, lo que comentan es que el éxito es una medida relativa de cada uno y tiene que ver con la sensación personal de cumplimiento de sus expectativas.
Podría decirse que tienes éxito cuando consideras que has obtenido felicidad en el proceso o resultado y la felicidad, no es otra cosa, que la proporción entre la realidad percibida por ti y las expectativas que tenías.
El éxito es un tema muy conflictivo dentro de nuestra cultura.
La católica apostólica y romana, me refiero.
Tú me dirás que eres ateo, agnóstico y tal, pero apostaría que la cultura en la que te has criado es la católica.
Y la religión católica trata al éxito casi como un pecado. Algo que es indecoroso.
Por el contrario, la cultura protestante tiene otro enfoque del éxito.
Frente a la primera que genera una sensación de culpabilidad, en el mundo protestante el éxito tiene más que ver con la bendición de Dios por tu esfuerzo.
Y claro, eso genera dos formas de enfocar el éxito
Pero sobre el éxito hay mucho escrito y hoy no quiero hablar sobre el éxito, sino sobre el fracaso.
Y ¿qué es el fracaso para ti?
Eso no te lo preguntan por ahí, ni siquiera nadie te cuenta sus fracasos.
No te voy a descubrir nada nuevo, pero mi experiencia personal es que fracasamos más veces de las que tenemos éxito.
Si el éxito es una derivada de la felicidad, el fracaso lo es de una situación o resultado infeliz.
Y, aunque se supone que el fracaso nos hace crecer y que es la mejor forma de aprender. La realidad es que te avergüenzas de tus fracasos y no los aireas por ahí.
No está bien visto en nuestra cultura católica. Ni el fracaso ni el éxito.
De todas formas, como yo no hago las cosas normales, en la newsletter de hoy os voy a contar tres casos de fracaso que he tenido a lo largo de mi vida.
He tenido muchos para elegir, pero estos son tres casos a los que les tengo un especial apartado en mi corazoncito, porque se me quedó como una espinita clavada.
Fracaso 1. No estoy hecho para el Rock&Roll
Comencé a tocar la guitarra con unos 12 años.
Nunca aprendí solfeo, pero me apañaba bien con el sistema de tablatura.
Al principio tocaba la guitarra en una rondalla del colegio. Tocábamos las típicas canciones de tuna y salíamos por ahí vestidos de tunos.
A medida que fui creciendo me fui moviendo hacia el rock y el blues.
Ninguna de las dos imágenes, ni de tuno y ni de rockero con el pelo largo y botas vaqueras, aportan nada a tu vida ni a mi imagen personal.
Tocaba un par de horas todos los días y aprendía algunas canciones, hacia improvisaciones mientras escuchaba música, etc.
El caso es que llegué a la universidad y, con algunos compañeros que también tocaban otros instrumentos, montamos un pequeño grupo. Con nuestra batería, teclado, dos guitarras y bajo.
Como grupo de música no valíamos un duro. Quitando al del teclado, el resto de compañeros apenas sabíamos nada de música, pero lo pasábamos bien e incluso compusimos algunas canciones.
La cuestión es que un día me echaron del grupo. No porque tocara mal, sino porque no me implicaba y no me aprendía bien las canciones y también había algún otro tema personal que no viene al caso.
La cuestión es que me sentó muy mal y dejé de tocar la guitarra.
Esto sería con unos 25 años y hasta ahora no he vuelto a tocarla.
Mi sensación de fracaso no fue tanto que me echaran del grupo (que en su momento me molestó) sino el hecho de dejar la guitarra para siempre. Era algo que me gustaba y se me daba bien, pero lo pasé a un tema personal y no lo he vuelto a retomar.
Fracaso 2. El cliente no siempre tiene la razón, pero él no sabe.
Una cliente me llamó para hacer una ampliación de una vivienda.
Después de las clásicas negociaciones de honorarios les hice una propuesta que les encantó.
Les enseñé un render con la solución y, además, le proponía algunas cosas que no me habían pedido, pero que mejoraba el aprovechamiento del proyecto.
Los clientes aceptaron todas las propuestas y me puse a redactar el proyecto y comenzaron las obras.
El problema llegó porque hubo una concatenación de errores por mi parte: por un lado, en las mediciones y, por otro, en la selección de materiales. Esto llevó a ejecutar una partida con desviaciones que después no resultó del agrado del cliente y quería que se rehiciese de nuevo al mismo precio.
La constructora se negó porque ya estaba ejecutada según mis indicaciones y ejecutarla de nuevo le costaba mucho dinero.
Eso generó una discrepancia entre propiedad y constructora. Nada nuevo bajo el sol, pero mi cliente no quería pagar por mi error.
Yo estaba convencido que ese problema se solventaría y la obra se cerraría con la típica desviación.
Seguimos avanzando la obra en otras partes, pero la discrepancia seguía sin resolverse hasta que se enconó tanto el tema que la constructora abandonó la obra por falta de pago del cliente.
El abandono de la constructora generó una situación muy incómoda con el cliente porque quería que yo pagase el sobrecoste con mis honorarios, que estaban por debajo del coste de reparación. A lo cual me negué.
Finalmente, yo también abandoné la obra sin cerrarla ni facturar lo que me faltaba.
Mi sensación de fracaso es que por un error mío se llegó a una solución con una constructora que perdió dinero, o por lo menos no ganó todo lo que tenía que ganar y un cliente insatisfecho.
Hasta ahora ha sido el único proyecto que he abandonado por discrepancias con la propiedad y con un conflicto sin resolver.
Fracaso 3. No se puede montar un concesionario Ferrari en un pueblo.
El último caso es sobre un fracaso empresarial.
Cuando cerré el primer estudio, allá por el 2010, comencé a ver que había que tomar decisiones estratégicas para sobrevivir a la crisis tan gorda que se nos venía.
Entre todos los caminos posibles decidí hacer un master de dirección de proyectos (que me costó una pasta) y posteriormente me certifiqué como PMP.
Durante ese curso conocí a muchas personas interesantes y con algunas montamos una empresa de formación.
Al poco tiempo, me salí de esa empresa, y junto con otros compañeros montamos una consultoría de dirección de proyectos.
La cuestión es que a la primera empresa les fue genial y se han convertido en una de las mayores empresas de formación en dirección de proyectos de toda Andalucía y, por el contrario, a nosotros nos fue fatal y tuvimos que cerrar la nuestra.
Estuvimos preparando el plan de negocio varios meses y nos enamoramos de un producto que nadie quería.
Cerramos la empresa dos años después porque no era ni el sitio ni el momento adecuado para vender el producto que vendíamos. Según palabras de un consultor compañero nuestro que nos hizo una consultoría estratégica puede resumirse nuestra propuesta como que “vendíamos Ferraris en un pueblo”.
He cerrado 6 negocios durante mi vida profesional, pero este es uno de los que más me dolió porque me gustaba el equipo que formamos y la potencialidad que tenía la empresa.
Hay muchos más casos.
Algunos que todavía me da vergüenza recordarlos.
Pero hay que seguir adelante e intentar hacerlo mejor cada día.
Para terminar la newsletter me gustaría dejarte una frase de mi maestro Manual Moncayo y que me ayudan en mi camino lleno de errores.
“Equivocarse es de humanos, …, rectificar también”.
Muchas gracias por leerme y un abrazo digital.
P.D.: Entiendo que si la newsletter pasada que iba sobre cómo usamos el teléfono no ha generado ningún debate en el grupo de Discord, este tema será todavía más tabú. |