En la pasada newsletter te hablé de cómo podemos usar la tecnología a nuestro favor, como centauros, o dejarnos dominar por ella, como minotauros perdidos en el laberinto.
Ya sabes que el minotauro acabó muerto por Teseo, el héroe griego que se enfrentó a varios monstruos y villanos en sus aventuras. Plutarco nos cuenta cómo Teseo mató, entre otros, a Perifetes, Sinis, Quirón, Cerción y Procusto.
Este último era un gigante que tenía una posada donde invitaba a los viajeros a dormir en una cama muy especial. Su obsesión era que todos los huéspedes tuvieran el mismo tamaño que la cama, así que si eran más altos les cortaba las extremidades que sobraban y si eran más bajos los estiraba. Hasta que llegó Teseo.
Este mito inspiró al autor Nassim Taleb para crear el concepto de lecho de procusto, que describe la tendencia humana a forzar la realidad para que se ajuste a nuestras ideas preconcebidas, ignorando o eliminando lo que no encaja. Taleb usa esta metáfora para criticar cómo los humanos nos enfrentamos a la incertidumbre, lo desconocido y lo invisible. En lugar de aceptar la complejidad y la diversidad del mundo, tendemos a simplificarlo y reducirlo a categorías, términos y modelos que nos resultan familiares y cómodos. Así, nos engañamos a nosotros mismos y nos perdemos la riqueza y la sorpresa de la vida.
Esta forma de pensar se ve reforzada por nuestro sesgo de confirmación, que según Kahneman y Tversky es la tendencia a buscar, interpretar y recordar la información que confirma nuestras creencias previas.
Así, ambos conceptos nos alertan de los peligros de simplificar y reducir la complejidad y la diversidad de pensamientos, que en estos tiempos se ve tan extendida.
